Peregrinación Virgen Nuestra Señora del Morro Mes de Octubre 2019

Luz Mar Ortega Lizarazo 0 Comments

Por: Luz Mar Ortega Lizarazo

Homilía de Monseñor Pablo Emiro Salas Anteliz:

“Esta palabra, como toda palabra que sale de la boca de Dios, tiene el poder de darnos la vida, tiene el poder de iluminar nuestra existencia. La palabra de Dios es como una luz, como un espejo, como una lámpara que nos hace presente, no solamente su voluntad, sino que es una luz que alumbra en nuestra vida, nuestro camino y nuestro horizonte. Hoy esa palabra, hermanos, viene así para nosotros; qué fortuna tenemos de poder escuchar la palabra de Dios, es una gracia.

Dicen los profetas que llegará el tiempo en que lo que habrá en el mundo no es hambre de pan sino hambre de la Palabra de Dios y no habrá quien la anuncie ni quien la proclame.

Entonces hermanos, hay muchos ojos de los hombres de hoy, incapaces de ver, y muchos oídos también, incapaces de escuchar.

Y con esto, ¿qué estoy diciendo?, que es importante escuchar hoy al Señor que nos habla. Y la primera lectura decía: “ánimo hijo, vuelve a Dios”, porque quien no escucha, no puede volver a Dios; quien no escucha, siempre se mantiene en lo suyo y en su idea equivocada de que lo que piensa, es lo correcto. Y así vive mucha gente, pensando que la vida que llevan es la perfecta,  la correcta y que todo lo que hacen está bien.

Entonces hoy la palabra comienza por decirnos “Ánimo, vuelve al Señor”, que es una manera de decir: “comienza otra vez a escuchar a tu Dios” “comienza otra vez a abrir el oído a tu Dios, de quien te has olvidado, a quien dejaste de escuchar. Vuelve al Señor”. Cuando los apóstoles van a contarle a Jesús todo lo que hicieron, los milagros que hicieron y cómo se sometieron los demonios a ellos; ¿saben qué les dice el Señor?: “Alégrense más bien de que vuestros nombres estén escritos en el Reino de los Cielos”. ¿Saben qué significa eso? ¿Saben cuál es el nombre que está escrito en el Reino de los Cielos? El nombre de aquel que ha tenido el coraje de volver a Dios, ese es el que está escrito en el Reino de los Cielos. El nombre de aquel, que habiendo vivido la vida que quiso y habiéndose alejado de Dios, decidió regresar a Él, volver como el hijo pródigo.

Queridos hermanos, por eso dice el Evangelio: “El Señor escucha a los pobres” ¿a cuáles pobres? A aquellos que tienen el coraje de decir “Señor, me equivoqué. Señor, estuve extraviado. Señor, caí en esto y en aquello. Pero hoy quiero volver a ti, quiero volver otra vez a Tú voluntad, quiero volver otra vez al respeto por tus preceptos”. Y dice otro salmo que cuando el pobre grita, el Señor lo escucha y lo libra de sus angustias. Dios escucha a sus pobres, a aquellos que gritan y desde la más profunda humildad, vuelven otra vez a Él.

Queridos hermanos, entonces ahora si podemos entender lo que Jesús le dice a sus discípulos: “Dichosos vosotros, porque no hay dicha más grande hermanos, que tener ojos para ver a Dios y oídos para escucharlo, esa es la dicha más grande que pudiéramos nosotros experimentar”. Esa es el gozo que experimentan los humildes y sencillos de corazón como lo son los niños; qué dicha de un niño al ver con sus ojos a sus padres, de saber que su papá y su mamá están al lado suyo. Y qué dicha cuando ellos salen por la mañana y regresan por la tarde, y escucha sus voces; desde la cuna está esperando a que lleguen, y dice el niñito, aunque no hable: “Llegó papá, llegó mamá”.

Queridos hermanos, Jesús les estaba diciendo a los que estaban ahí: “Dichosos ustedes porque están contemplando al Hijo de Dios, al Mesías esperado y porque están escuchando Su voz, porque les digo que muchos en Israel quisieron ver lo que vosotros veis y no lo vieron, y oír lo que vosotros escucháis y no lo escucharon. Sí, muchos se murieron esperando el cumplimiento de las promesas pero no pudieron ver ese niño que nació en el pesebre y creció en Nazareth, ni tampoco escuchar su predicación”.

Hermanos, ojalá hoy le pidamos a la Virgen Santísima la gracia de ver y de escuchar, porque Ella, como la más pobre de todas las pobres, es la sierva y la esclava del Señor. Pudo ver con Sus ojos la maravilla de Dios, y por eso, lo canta en el Magnificat cuando dice: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador. Ella ha podido ver con Sus ojos que Dios es fiel, y que esa fidelidad la ha visto la historia de Su pueblo que ha renovado su promesa y su lealtad de generación en generación; eso lo ha visto Ella, pero también, Ella ha escuchado, no solamente la voz del Ángel sino la voz de Dios que le había hablado en toda su existencia. Ella es modelo de escucha y modelo de contemplación.

Queridos hermanos, pidámosle a la Virgen que todos los que estamos aquí tengamos ojos para contemplar a Dios en nuestra vida y para escucharlo a Él. Estamos en una sociedad de ciegos y de sordos; la vida se nos acaba a pedazos y no vemos nada. La mujer le dice al marido: “oye, que te vemos raro”; los hijos le dicen al papá: “Papá, te vemos raro, tú llegas y no saludas a nadie, te vas directamente al cuarto”; la mamá le dice a la hija: “Hija, te veo rara, ¿qué te pasa?…No, no pasa nada, todo está bien”.

Hermanos, algo está pasando, ya tú no ves nada, has perdido la luz de los ojos, has perdido el discernimiento. Comienza a ver y a contemplar a Jesús en tú vida, en los sufrimientos, en las precariedades y en las alegrías, porque a Jesús se le ve en la vida de todos los días más no por momentos.

Hermanos, comiencen a escuchar a Dios que les habla de una manera y de otra. ¿Por qué el Papa Francisco ha convocado en este Mes Extraordinario Misionero a toda la Iglesia? Porque el Papa sabe que es importante que la gente escuche al Señor, que se predique a Cristo, que aquellos que están encerrados en sus casas, alguien les toque a la puerta y les diga como dice el Evangelio: “cuando lleguéis a una casa decid: paz a esta casa en el nombre del Señor”. Y el Papa sabe que esto es transcendental, y por eso nos ha mandado a todos los bautizados a anunciar a Cristo, porque si es verdad que Cristo ha tocado tu vida, tú debes anunciarlo a los demás, y si no lo anuncias, es porque ese Cristo está en ti de mentiras.

Hermanos, en estos días fui a celebrar una misa en una parroquia e hice el envío de los misioneros, y no era una parroquia del sur donde la gente dice: “es que esa gente no tiene más nada que hacer, y allá los pobres hacen todo lo que el padre les diga”; no, fue una parroquia del norte. Les dije: “no importa cómo salga esta misión para ustedes, no importa si les va mal, bien o regular, no importa si les abren las puertas o les echan los perros, no importa, con tal que tú salgas. Si esta misión te sirve a ti para fortalecer tu fe, ya la misión está hecha.”

Y además les dije otra cosa: “hoy hay gente que vive todo el tiempo lamentándose de todo; cómo les falta dar un poquito la vida por Jesús y salir a ver los sufrimientos de los demás y a contemplar los motivos por los cuales hoy sufren. Hay gente que no tiene consuelo con nada, y salir a una misión, es un motivo de consolación a la propia vida, porque Dios consuela a los misioneros que lo anuncian, les da paz en el corazón y los convence de que Él está vivo, que está resucitado y está a su lado, y los anima, y sin que los sufrimientos desaparezcan, esa persona comienza a tener una experiencia diferente y a estar contenta, a estar feliz aún en las cosas que le afligen”.

Hermanos, necesitamos abrir la vida; el que no se abre, se corrompe, se pudre. Por eso dice el Papa: “prefiero una Iglesia accidentada que salga, que se tropiece con las piedras y caiga si tienen que caer, a una Iglesia encerrada que se pudre en sí misma, que no es capaz de coger aire y atravesar la calle. Queremos una Iglesia que salga de los campanarios”. Esa es la Iglesia que pide el Papa, y esa Iglesia son ustedes, no somos nosotros los ministros nada más.

Queridos hermanos, esa es la Iglesia que tenemos que construir y que estamos construyendo; esta es la Iglesia que el Señor hoy nos pide que vivamos. Entonces, ánimo hermanos, ánimo, pero primero entonces, volvamos al Señor, volvamos a Dios. Como ha dicho la primera lectura: “ánimo y vuelve al Señor, abre tu corazón a Dios, abre tus oídos a la Palabra”. Estamos cansados de racionalizar la Palabra “ah sí, eso ya yo lo leí. Ah sí, eso ya me lo dijeron. Ah sí, eso ya me lo predicaron. Ah sí, eso ya me lo sé de memoria”. Pero no te conviertes, sigues pensando y haciendo lo mismo en la vida, sigues en tus mismas posiciones, sigues en tus mismos egoísmos, mentiras y engaños; vives auto justificándote, sigues echándole la culpa a los demás de todo lo que te pasa. Entonces, ¿de qué sirve que te sepas la Biblia de memoria?

Queridos hermanos, volver a Dios significa abrir el corazón al Él sin prejuicios, con humildad y con pobreza interior. Por eso Jesús bien ha dicho en la bienaventuranzas: “Dichosos los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los Cielos”. ¿Quiénes son esos pobres de espíritu? Aquellos que tienen el coraje de volver a Dios, no importa dónde hayan estado y a dónde hayan caído, tal como el hijo pródigo, que hizo todo lo que quiso, pero tuvo el coraje de levantarse y de volver a su padre.

Queridos hermanos, que María Santísima nos acompañe, que Ella nos cuide, nos guíe como misioneros, y que Ella, a todos nosotros, nos de la gracia de poder contemplar en nuestra vida la presencia de Su Hijo, y de escuchar Su voz, ASÍ SEA.”

Deja un comentario